Archivo del blog

Anoche.

Sentí que me apetecía acariciar tus manos.
Que me apetecía matarte a cosquillas. 
Me apetecía enredar mis dedos en los rizos de tu nuca. 
Me apetecía abrazarte. 
Me apetecía posar mi cabeza en tu hombro. 
Dormir con mi cabeza en tu tripa. 
Me apetecía sentirte sobre mí. 
Me apetecía morder tus mejillas. 
Me apetecía taparte la nariz. 
Me apetecía mirarte fijamente a los ojos para luego echarte a reír. 
Dormir con mi cabeza en tu pecho. 
Verte mirar hacia el Sol. 
Acariciar tu barba. 
Me apetecía hacerte cosquillas en los pies. 
Me apetecía acariciarte las orejas. 
Y yo misma lo digo, me apetecía...

No...

Echo de menos esa sensación en la que te sientes justo en el centro de un desierto llano,
no ves ni una duna, solo el cielo azul, el Sol, la arena y tú.

Echas de menos las sensaciones que te producía que él estuviera pendiente de ti, que te protegiera
como nunca, echas de menos su actitud posesiva.

Echas de menos que por un momento todos te ignoraran, sentirte como sentada en la cima de tu montaña de suave arena particular, que en cualquier momento podía deshacerse.

Echas de menos todo lo que él te decía mientras tú mirabas las estrellas, tumbado a tu lado mirándote fijamente, en mitad de ese desierto que he nombrado antes por ahí.

Echas de menos escuchar las canciones que te recuerdan a él, recodar como las cantaba balbuceando porque no se las sabía bien, o por vergüenza (no, por vergüenza no, es un sinvergüenza).

Echas de menos la sensación de esta flotando en el agua pensando en como te besó la noche anterior, sintiendo su abrazo que golpeaba tan fuerte tu corazón como cuando te impulsas desde la pared de la piscina.

Echas de menos...
No, no puedes echar de menos la sensación de soledad
a la vez que la sensación de compañía.