Ha crecido la gente que siempre ha ido en la misma furgo, los que han creado música junto a mí, tanto el que le ha puesto la letra a la melodía, el que da los golpes necesarios para el ritmo y el que culmina cada acorde en una nota baja interminable. Cada uno de los que prueba nuestros micrófonos, afina la guitarra, comprueba las luces, el sonido. Cuánto se echa de menos tener que hacer todo eso nosotros, como en nuestras primeras batallitas, cojones.
Nos acompaña nuestra gente, amigos que desde el comienzo han estado allí, la familia que hemos formado ya en una cierta madurez, también nos acompaña nuestra barriga cervecera de padre.
Vemos como la gente que va a nuestros conciertos, se entrega como desde el primer día, ver los empujones desde arriba y como, si se cae alguien, todo el mundo le agarra. Se anima a cantar nuestras canciones, tanto los jóvenes que nos han conocido en su adolescencia como los viejos cuarentones (declaremos, nuestra edad) que nos han seguido desde 1991. Regalar las puas desgastadas a gente que probablemente las guardará como un viejo tesoro y dirá: ey, mira, yo estuve en aquel concierto.
Morimos sus intérpretes.
El rock nunca muere.