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Tελικός

Preferías esperar al golpe final, en lugar de estar sufriendo constantemente, día a día, los golpes y golpes que acribillaban tu mente cargados de una efímera, falsa e ilusa culpa, y tanto así era como intensa.
Esperabas recibir el amenazante ataque que pondría final a una última batalla de tantas guerras comenzadas, dejarte vencer sin oponer ninguna resistencia, mostrarte débil al enemigo como siempre se ha debido hacer y siempre tú habías hecho, no seguir peleando más, rendir las palabras a un simple: lo sé.
Siempre queda grabada alguna frase determinante dicha por alguien, lanzando todo su odio en las palabras más crueles que pueda pronunciar en mucho tiempo, frase que te marcará la vida e incluso llegará a destrozartela, quien sabe bien si gracias a la intención de la mente que las pronunció, o sin que su poseedor lo quisiera.
Escuchar todo eso, mientras sientes un nudo en el estómago, tiemblas, no puedes tragar saliba y sientes un presión enorme en la cabeza, ya sea por aguantar demasiado o vete tú a saber por qué.
Se reclama final. Ya. Antes de que las pequeñas puñaladas constantes culminen en un sufrimiento que conduzca a la locura y al no control, se prefiere una muerte a una mosca por medio de un cañonazo.

Anoche.

Sentí que me apetecía acariciar tus manos.
Que me apetecía matarte a cosquillas. 
Me apetecía enredar mis dedos en los rizos de tu nuca. 
Me apetecía abrazarte. 
Me apetecía posar mi cabeza en tu hombro. 
Dormir con mi cabeza en tu tripa. 
Me apetecía sentirte sobre mí. 
Me apetecía morder tus mejillas. 
Me apetecía taparte la nariz. 
Me apetecía mirarte fijamente a los ojos para luego echarte a reír. 
Dormir con mi cabeza en tu pecho. 
Verte mirar hacia el Sol. 
Acariciar tu barba. 
Me apetecía hacerte cosquillas en los pies. 
Me apetecía acariciarte las orejas. 
Y yo misma lo digo, me apetecía...

No...

Echo de menos esa sensación en la que te sientes justo en el centro de un desierto llano,
no ves ni una duna, solo el cielo azul, el Sol, la arena y tú.

Echas de menos las sensaciones que te producía que él estuviera pendiente de ti, que te protegiera
como nunca, echas de menos su actitud posesiva.

Echas de menos que por un momento todos te ignoraran, sentirte como sentada en la cima de tu montaña de suave arena particular, que en cualquier momento podía deshacerse.

Echas de menos todo lo que él te decía mientras tú mirabas las estrellas, tumbado a tu lado mirándote fijamente, en mitad de ese desierto que he nombrado antes por ahí.

Echas de menos escuchar las canciones que te recuerdan a él, recodar como las cantaba balbuceando porque no se las sabía bien, o por vergüenza (no, por vergüenza no, es un sinvergüenza).

Echas de menos la sensación de esta flotando en el agua pensando en como te besó la noche anterior, sintiendo su abrazo que golpeaba tan fuerte tu corazón como cuando te impulsas desde la pared de la piscina.

Echas de menos...
No, no puedes echar de menos la sensación de soledad
a la vez que la sensación de compañía.